Cristina Pacheco: periodismo con corazón

viernes 22, Dic 2023

Opinión Líder por: Alejandra Bailon

Cristina Pacheco falleció el día de ayer 21 de diciembre del 2023 a los 82 años, dejando un legado incomparable para el periodismo mexicano. Sin duda alguna, fue una de las voces femeninas que más generaciones atravesó con programas que siempre recordaremos como “Aquí Nos Tocó Vivir” o “Conversando con Cristina Pacheco” donde le dio voz a las historias de las personas del México del día a día, representando un lado más humanista y real de lo que se vive en las calles.

“Me pone triste, yo solía ver ‘Aquí Nos Tocó Vivir’ con mi abuelita, me trae buenos recuerdos”, fue una de las reacciones que escuche decir cuando las hijas de Cristina Pacheco hicieron pública la noticia sobre el deceso de su madre. Estoy segura, que fueron muchas las personas que relacionan el periodismo de Cristina con historias de vida.

Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Cristina Pacheco estudió la licenciatura de lengua y literaturas hispánicas, muy pronto comenzó sus primeros pasos en su carrera como periodista. En los años 60’s se convirtió en columnista para los periódicos El Popular y Novedades. Sin embargo, colaboró con muchos otros medios como La Jornada, El Sol de México, la revista Siempre!; y dirigió otros tantos, como la Revista de la Universidad de México y la revista Familia y La Mujer de Hoy. Incluso, tuvo un paso por la radio mexicana en programas como: Voz Pública y Los dueños de la noche por XEQ-AM; en Aquí y ahora por XEW AM; y en Los amos de la noche y Periodismo y algo más por Radio Fórmula.

Una de las historias de su vida que es bien sabida, fue el nacimiento de su amor con José Emilio Pacheco, quien también era un amante de las letras y escritor mexicano. Se supone que fue gracias a Carlos Monsiváis que ellos coincidieron y desde entonces, permanecieron juntos. La gente rumoraba que la pasión por las letras, la poesía, la lectura y la escritura; era sin duda algo que ambos compartían. En 1965 se casaron y tuvieron dos hijas.

Estuvieron juntos hasta enero de 2014, cuando el escritor falleció debido a un fallo cardio respiratorio resultado de un golpe en la cabeza que recibió un día que se resbaló. Para ese momento Cristina Pacheco tenía una columna en el periódico La Jornada, en ella publicó una carta de despedida a su esposo llamada “El eterno viajero” donde, de una manera muy personal, la escritora describió un poco de como sería su vida en la espera de algún día volverlo a ver.

De los aspectos más recordados de su carrera fue su participación en Canal 11, inició en 1977 como comentarista en “Así fue la semana” y luego conductora en el programa  “De todos modos Juan te llamas” en el que compartía espacio con el escritor Juan de la Cabada.

Muy pronto, en mayo de 1978; dio inicio al icónico “Aquí nos tocó vivir” donde entrevistó a un sin fin de personas e hizo sentir a su audiencia conectada con las historias que se descubrieron. Fue hasta 1997, cuando comenzó la conducción de “Conversando con Cristina Pacheco” .

El 1 de diciembre de 2023 finalizó oficialmente su programa en vivo “Conversando con Cristina Pacheco“, y en ese momento, anunció su retiro de la vida pública por cuestiones de salud. El día 16 del mismo mes, de forma pregrabada, se transmitió La Joya de la naturaleza, el episodio final de  Aquí nos tocó vivir. Cinco días después, el 21 de diciembre, Pacheco falleció en la Ciudad de México a los 82 años de edad, a causa de un cáncer que padecía, el cual ni ella ni su familia habían revelado públicamente.

Sin duda alguna, su trabajo y huella serán recordados por generaciones enteras.

Aquí te dejo la versión completa del texto que Cristina Pacheco escribió para José Emilio Pacheco en el periódico La Jornada, tras la muerte del poeta.

Para suplir nuestras interminables conversaciones, siempre que te ibas de viaje nos llamábamos y nos escribíamos cartas. Las hojas de papel nunca bastaban para que nos dijéramos lo que nos sucedía, a ti en un ambiente nuevo y a mí en el que conoces de sobra porque lo hicimos juntos. Por más cuidadosos que fuéramos siempre se nos olvidaba registrar algo. Para evitar esos huecos se te ocurrió que lleváramos cada uno un diario a partir de nuestra despedida en el aeropuerto o en la estación. Ese registro siempre me ha hecho imaginar que no te has ido, por eso de una vez comienzo mis anotaciones en este cuadernito y no en una libreta, como siempre.

Los arreglos para tu viaje fueron muy complicados. Decidir qué ibas a meter en la maleta nos tomó horas, aunque mucho menos que ordenar en folders los textos que pensabas corregir una vez más. No dispuse de un minuto libre para ir a la papelería, así que estoy usando el cuadernito que nos mandó Almudena Grandes: El lector de Julio Verne. Me encanta, porque tiene aspecto de útil escolar, lástima que sea tan delgado. Mañana compraré una libreta gruesa (donde copiaré lo que escriba hoy) y luego otra y otra, porque tu viaje esta vez será muy largo. Por favor, tú también escribe el diario, pero no en papelitos sueltos, sin fecha, que luego tengo que ordenar como si fueran partes de un rompecabezas.

II

Parto de lo que vivimos apenas esta mañana. Por tomarnos un último café, se nos hizo tarde para ir a la estación. Pese a ser domingo, nos topamos con cuatro manifestaciones y un tráfico endemoniado. Estuvo en peligro tu mayor orgullo: jamás haber perdido un avión o un tren. Para colmo surgió otro inconveniente: todos los estacionamientos llenos. Coincidimos en que te fueras caminando a la estación para registrarte mientras yo me estacionaba. Tardé mucho en lograrlo. Cuando bajé del coche me di cuenta de que habías olvidado tu bufanda. La tomé y corrí tan rápido como me lo permitieron los zapatos de tacón alto. Si me hubiera puesto botas quizás habría llegado a la estación antes de que te pasaran al área destinada a los viajeros. Intenté convencer a un guardia de que me permitiera pasar hasta allí para entregarte tu bufanda. Se negó. Le supliqué y hasta lo hice partícipe de tu vida (cosa que detestas), explicándole que te ibas a una ciudad que estaba a 40 bajo cero. Se estremeció como si fuera él quien iba a padecer un clima tan adverso.

Me da vergüenza confesártelo, pero odié a ese hombre sólo porque cumplía con su deber. Traté de ablandarlo llamándolo oficial, pero fue inútil. Me resigné a renunciar a nuestra despedida y al invariable intercambio de recomendaciones y promesas: Júrame que no te quedas triste. Procura dormir en el camino. Cierra muy bien la puerta. Te llamo en cuanto llegue. Debo haber tenido una cara terrible, porque el guardia al fin me permitió pasar. Entré en el andén en el momento en que subías la escalerilla con la cabeza vuelta hacia la entrada. Sé que me viste, oí que me gritaste algo que no alcancé a entender. Supongo que repetías la promesa habitual: Te llamo en cuanto llegue.

Sentí desesperación, necesidad de abrigarte el cuello y corrí pegada a las vías, pero no alcancé el tren y mucho menos a la altura del vagón en que ibas. Te imaginé quitándote el abrigo y metiendo al maletero la mochila con el libro que quisiste llevarte, los folders, una colección de bolígrafos bic de punto grueso y al fondo de todo la Mont Blanc de la edición Schiller que te regalé para tu cumpleaños. Te fascinó desde que la viste anunciada en una revista y decidí comprártela en secreto. De otro modo me lo habrías prohibido, bajo el argumento de que: es demasiado cara. No gastes en mí. Por hacerte un obsequio recibí otro maravilloso: tu expresión de felicidad cuando probaste la pluma en una servilleta de papel.

Mejor no recordar tanto. Vuelvo a lo de esta mañana. Cuando el tren desapareció en la curva me eché tu bufanda sobre los hombros. Sentí la misma tranquilidad que cuando estás de viaje y me pongo tus calcetines o tu suéter que siempre huele a esa loción barata que prefieres.

III

Al salir de la estación no pude recordar en dónde había estacionado el coche. Durante el tiempo que caminé para encontrarlo se me olvidó que te habías ido y llamé a la casa para decírtelo. Claro que no obtuve respuesta. Imaginé los cuartos vacíos, silenciosos y sentí apremio de llenarlos con el rumor de mis pasos. A pesar de mi urgencia me detuve en una librería. Recorrí todos los pasillos, miré cada anaquel, me asomé a las mesas de novedades. Mi comportamiento despertó las sospechas de los empleados y de una mujer-policía multicolor: cabello granate, párpados azules, mejillas cobrizas, labios fucsia y uñas verdes. Adiviné sus dudas para elegir esa paleta y el tiempo que le habría tomado maquillarse. Acabé por admirarla y le sonreí, pero ella siguió observándome desconfiada, lista para actuar en caso necesario.

La situación habría sido menos incómoda si le hubiera dicho a la mujer-policía que si iba de un lado a otro se debía a que estaba haciendo comparaciones entre los libros para llevarme el más grueso, el que me aloje y me acompañe durante el primer techo de tu ausencia. Después de consultar índices y hacer sumas me decidí por Los Thibault. Sus seis tomos alcanzan mil 830 páginas con letra pequeña. Tomando en cuenta que mi trabajo me deja poco tiempo libre, calculo que leer esta novela me tomará muchos meses, aunque menos de los que tardarás en regresar. Si estuvieras aquí y te mostrara mi primera compra desde que te fuiste dirías: Este libro lo tenemos. ¿Para qué trajiste otro? Pues para no ver tus anotaciones en los márgenes, las marcas que dejaste, la ceniza de tu cigarro que cayó entre las hojas. En las circunstancias actuales, encontrarme con esas huellas me lastimaría.

IV

En cuanto abrí la puerta te grité el saludo de siempre, ya sabes cuál. Subí a tu cuarto rápido, como si estuvieras esperándome. No estabas, pero encontré la ropa que dejaste tirada, el encendedor que diste por perdido y la cachucha con que te protegías de la luz artificial para ahorrar vista, según tus propias palabras. Luego hice lo de siempre al mediodía: bajé a la cocina para hacer café. Aunque no lo creas resulta muy difícil y requiere de cierto valor preparar una sola porción de lo que sea cuando siempre has hecho dos. Con la taza en la mano salí al patio y puse a funcionar la fuente para que subiera el rumor del agua que te recuerda el mar.

Ya casi llené el cuadernito de Almudena. Le pondré la fecha de hoy: 26 de enero. Mañana escribiré en la primera libreta de las muchas que tendré que llenar contándote mi vida hasta el día en que vuelvas. Ya sé que esta vez no será pronto. En cierta forma es mejor: me darás tiempo de cumplir con todos tus encargos, entre ellos encontrar la pluma negra con la que tenías mejor letra. Esto me recuerda otro de mis pendientes: descifrar lo que escribiste en hojas sueltas las noches anteriores a tu viaje.

Hice una pausa. Me levanté del escritorio porque reapareció frente a tu ventana el colibrí que tanto te gustaba. Si él regresó, es imposible que no regreses tú.

(Cristina Pacheco, 2014)

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