El mago de Hitler

viernes 24, Feb 2023

Después de estudiar acuciosamente la historia de Hitler desde los tiempos previos a la segunda guerra mundial, no es difícil deducir que el Führer, sin la cercanía de Paul Joseph Goebbels, su poder y alcances hubieran sido evidentemente menores.

El personaje mas inteligente y quizás el más avieso de los que formaban el circulo más íntimo de Adolfo Hitler, fue un hombrecillo cojo, con un pie deforme, dueño de una notable elocuencia, inventor de lo que suele entenderse y no en un sentido benévolo, de la propaganda política moderna.

Goebbels, de pequeña estatura, fue un talentoso para persuadir a las masas, razón por la cual Hitler lo nombró ministro de Propaganda desde donde logró posicionar la imagen del “líder” en el ánimo del pueblo alemán. Usó mucho lo que hoy en día se conoce como el marketing social, ensalzando muchos sentimientos de orgullo, promoviendo odios y en numerosas ocasiones mintiendo y convenciendo a la gente de cosas muy alejadas de la realidad.

A pesar de su notable fealdad, era un hombre que irradiaba un gran encanto personal. Era un excepcional orador y tenía un coeficiente mental extraordinario que le permitió explotar el arte de la propaganda con un nivel de eficiencia increíble. En apenas un par de años logró hacer de la figura de Hitler un mito ante los ojos del pueblo alemán. Es más, logró elevarlo a nivel de divinidad. Durante la guerra transformaba las peores derrotas militares en un aliciente moral para seguir peleando con más fuerza contra el enemigo.

Albert Speer cuenta de él en sus memorias, que era el principal proveedor de chistes y de maledicencias en las tertulias privadas de Hitler en su refugio del Obersalzberg. El Führer se reía con él a mandíbula batiente hasta llorar. Por su manera de intrigar decían que tenía una lengua viperina.

En las reuniones políticas era el centro de la atención por sus bromas y sentido del humor. Por su grandilocuencia supo conquistar el corazón de las mujeres más lindas de Alemania. En su diario anotó los nombres de más de treinta amantes.

Sabia como movilizar las masas, intoxicarlas y ponerlas en acción. Además, era un gran trabajador.

Un dato interesante es que Hitler nunca había sentido la menor repulsión ni el menor entusiasmo por los judíos, pero un par de conversaciones con Goebbels le convencieron de que había que odiarlos a muerte.

 

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