¿Qué esconde la cabeza de Amat Escalante?

A mitad de escena. Escalante dialoga en el set de filmación con actores no profesionales.

El dos veces triunfador en Cannes es uno de esos revolucionarios que trascienden fronteras. Chocante para muchos, el cine que logra es, sin embargo, manifestación de arte puro. Y no tiene porque ser limpio ni lavado de suciedad, como tampoco está forzado a serlo la literatura o la pintura, argumenta Escalante en entrevista con Líder México.

Por Carlos Diaz Reyes

El casting de su primera película lo hizo comiendo en soledad en una lonchería. Observó a otro hombre, también solo, en otra mesa. Dos vidas separadas, unidos por las ganas de alimentarse, en algún lugar de Guanajuato. Amat Escalante y Cirilo Recio, dos personas solitarias y separadas por unos cuantos metros, que sin siquiera dirigirse la palabra ya comenzaban a cambiar sus vidas mutuamente. La carrera del hoy galardonado director de cine mexicano, se dio así, con ese tipo de encuentros fortuitos. Entonces ocurren cosas y pasa de interrumpir la preparatoria, a pararse frente al público del Festival Internacional de Cine de Cannes, para recibir el premio a Mejor Director.

Este galardón lo recibió en el 2013, por su cinta “Heli”, su tercer largometraje. “Estar en competencia con cineastas que admiro un montón, fue increíble, difícil de procesar a veces”. Escalante recuerda esta experiencia sentado en la mesa más escondida de una cafetería de la Ciudad de México. Se muestra relajado y podríamos decir que contento. Lleva puesta una sudadera gris de la productora Janus Films y en su mirada se adivina aquel adolescente que a los 15 años decidió dejar sus estudios para comenzar a hacer cine.

Su propia escuela

Amat Escalante nació en Barcelona, España, el 28 de febrero de 1979. Su padre es Oscar Escalante, pintor y músico mexicano y su madre es estadounidense. Ambos se conocieron en Guanajuato, mientras se realizaba el primer Festival Internacional Cervantino, en 1972. Ella estudiaba español y él artes plásticas. Después del flechazo, se fueron a viajar por el mundo y fue en la mencionada ciudad española donde dieron a luz al futuro cineasta. Aunque vivió poco tiempo ahí, un recuerdo salta a la memoria de Amat en este lugar: entrar a un cine. Exhibían “E.T., El Extraterrestre” (1982), pero no recuerda la película, sino todo el contexto. “De alguna manera ese ambiente y eso es parte del cine para mí también, ya cada vez menos, pero algo me gustó de ese lugar, de esa como iglesia del cine. Recuerdo la parte de afuera y adentro, la alfombra y eso. Esas son mis primeras memorias del cine”, expresa.

Otro de sus encuentros clave con el séptimo arte se dio en Guanajuato, donde ha vivido la mayor parte de su vida y donde sigue. “Es una ciudad que cada año que venía el Cervantino, por ejemplo, mis padres me llevaban, me exponían a ver cosas muy impresionantes a veces, experiencias raras que me marcaron, seguro. Algo en específico, muy importante, fue el Cineclub de la Universidad de Guanajuato”, cuenta. Tenía alrededor de cinco años cuando vio proyectadas en la calle cintas como “El Niño” (1921) de Charles Chaplin y otras experiencias en 35 milímetros que lo movieron en el subconsciente. Pero pasó más tiempo antes de que viera esto como una carrera, primero quiso ser bombero y hasta tatuador.

Además de Guanajuato, vivió un tiempo en algunas ciudades de Estados Unidos, como Austin, Texas y Los Ángeles. Estaba allá a los 15 años, momento de la decisión definitiva. Fue después de ver dos películas: “La Naranja Mecánica” (1971) de Stanley Kubrick y “El Mariachi” (1992), el debut de muy bajo presupuesto de Robert Rodríguez, realizado en Acuña, Coahuila. “Como que esa combinación de una película como ‘Naranja Mecánica’ y ver que se pueden hacer las películas con muy bajo presupuesto, me inspiró y me motivó para decir ‘yo tal vez puedo hacer una película algún día’. De hecho, me salí de la escuela a los 15 años y me dediqué, supuestamente, en ese momento a hacer cine”, recuerda.

La motivación principal estuvo en su padre, quien también era artista e igualmente abandonó la escuela a los 15 años. Señala que, aunque su madre se manifestó un poco preocupada, en general ambos lo apoyaron. Su otra inspiración fue el cineasta Werner Herzog, que también dejó sus estudios a esa misma edad, e hizo su primera cinta a los 25 años, como él haría después. Pero antes de ponerse detrás de una cámara, tuvo varios trabajos “de salario mínimo”, como restaurantes de comida rápida y tiendas de video, “siempre imaginándome querer ir a Guanajuato a filmar”, recuerda. Cuando tuvo unos 3 mil dólares en su cartera, regresó a México para intentar hacer el que sería su primer cortometraje, “Amarrados” (2002).

Amigos para el cine

A pesar de que ha dado clases de cine, tiene reservas en cuanto a los estudios. Intentó estudiar su profesión, pero le resultó imposible en México, puesto que en ese entonces se necesitaba tener “una palanca” que te ayudara a entrar. Sin embargo, se fue a Cataluña, España, donde sí logró estar un corto periodo en el Centro de Estudios Cinematográficos. Tras esta experiencia viajó a la Habana, Cuba, donde estuvo tres semanas en la Escuela Internacional de Cine y Televisión. De esta parte de su vida, asegura que no hay que tomarse las opiniones de los maestros muy en serio, lo importante de las escuelas son otros aspectos. “Aprovechar las escuelas como plataformas para hacer amigos importantes para el futuro y tener equipo y tener gente a quien mostrarle lo que estás haciendo”, explica.

Diez días de filmación y cinco años de trabajo tardó en finalizar “Amarrados”, corto con el cual estaría en sus primeros festivales. Pero no en Guanajuato. “Mi ilusión mayor era que estuviera en el Festival de Cine de Cortos de Guanajuato, y lo rechazaron de ahí. Lo rechazaron incluso de la sección guanajuatense (…) Eso me dolió en su momento y sí fue como ‘puta, ¿estaré en el camino equivocado si ni siquiera en mi ciudad en la sección de guanajuatenses me seleccionaron?’” Pero este no fue el final, ya que otros espacios de México sí se fijaron en él y en uno de ellos ganó un premio con el que se motivó para dar el paso al largometraje.

Tenía ideas en su cabeza y entonces una experiencia trascendental le presentó el camino: vio “Japón” (2002) de Carlos Reygadas. Las amistades que hizo en Cuba rindieron fruto y el cineasta español Pedro Aguilera, le facilitó el correo electrónico de Reygadas. Escalante estaba fascinado por la película y así se lo escribió en un mensaje, que, finalmente, lo llevó a trabajar como asistente de director en “Batalla en el Cielo” (2005), el siguiente proyecto de Reygadas.

Su amistad con él la considera un lujo y desde entonces han producido, editado y creado juntos en muchos aspectos. “Aprendí mucho viéndolo trabajar”, cuenta Amat. “Viendo cómo él transformaba el mundo a través de su lente y sus ojos. Aprendí eso: cómo, aunque filmes la esquina y a tu vecino, lo que sea, una persona parada en la esquina de una calle, hay una forma de filmarlo, hay una mirada que se puede transmitir con el cine y eso es algo que lo vi en él, en frente de mí. Creo que haber trabajado en ‘Batalla en el Cielo’ antes de hacer ‘Sangre’ (2005), fue muy importante para yo confiar en la realidad, para confiar en una mirada, digamos”.

La historia de Cirilo

“Sangre” fue su primera película de larga duración. La historia cuenta sobre un hombre y cómo la vida rutinaria que tiene con su esposa se ve interrumpida tras la llegada de la hija que él tiene de otro matrimonio. Para comenzar a filmar, Escalante se puso reglas, tanto por la practicidad de aprovechar el poco presupuesto con el que contaba, como para empujar su creatividad. Quiso que todo fuera en Guanajuato, cerca de su casa, con gente de los al rededores. Así encontró a Cirilo Recio, un vecino al que su abuela le rentaba una casa.

En casi todas sus películas, Amat utiliza personas que no son actores profesionales y todo comenzó con Cirilo. “Una vez me llamó la atención, ya tenía el guion de ‘Sangre’. Yo estaba comiendo en una lonchería solo y él también estaba solo. Me le quedé viendo de lejos y ese fue el casting: lo vi comer. De hecho, sale comiendo en la película, bastante”, recuerda. Quería una reacción más original y tener a una persona que nunca antes había actuado, le proporcionó esas emociones auténticas.

El trabajo se terminó con el apoyo también de su familia. Su papá fabricó un traveling de 30 metros y unos stands de luces y su hermano fue asistente de cámara, casting e hizo la foto fija, entre otras cosas. Finalmente, Amat editó la película solo y la puso en un VHS que mandó al Festival de Cannes.

“Sangre” fue aceptada en la sección Un Certain Regard donde ganó el premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica. “Me gustó, (aunque) fue muy estresante a la vez. Yo estaba muy nervioso, nunca me habían cuestionado nada en mi vida, de hecho, las preguntas de la prensa fueron algo que tuve que empezar a entender y aprender a cómo comunicarme”, recuerda. Su película también viajó a otras partes del mundo como Chicago y Tokio. En México, al Festival Internacional de Cine de Morelia.

La opinión de los otros

Sus siguientes trabajos fueron “Los Bastardos” (2008), sobre dos mexicanos indocumentados en Los Ángeles. Después “Heli” (2013), una de las más recordadas y polémicas, por tocar el tema del narcotráfico en México y mostrar escenas de violencia explícita en este contexto. Finalmente “La Región Salvaje” (2016), donde jugó con el género de la ciencia ficción para hablar sobre la sexualidad y el deseo.

“Los Bastardos” y “Heli” también fueron a Cannes y fue esta última la que le otorgó uno de los más grandes triunfos de su carrera, el premio a Mejor Director. Ese año el jurado fue presidido por Steven Spielberg y la cinta de Escalante estuvo en competencia por la Palma de Oro junto a las novedades de Joel y Ethan Coen (“Inside Llewyn Davis”), Steven Soderbergh (“Behind the Candelabra”), Roman Polanski (“Venus in Fur”), entre muchos otros. “No me gusta demasiado estar en público, ese tipo de cosa sí es bastante fuerte, pero se avienta uno ahí”, cuenta sobre la experiencia. “Fue muy emocionante, también muy hermoso de alguna manera, porque es algo en grupo también; te acuerdas de todas esas semanas, de esos días, de estar ahí luchando en el rodaje, con los problemas de financiamiento, etc. Poder compartir un triunfo así está muy bonito”.

Sus cintas también han ganado otros premios. Por ejemplo, “La Región Salvaje” obtuvo el León de Plata a Mejor Director en el Festival de Venecia. Esto lo hace pensar en la recepción que tiene su trabajo. “Nunca he sido alguien que le encante tener demasiados amigos, soy solitario en general y eso me ha ayudado a concentrarme más en lo que quiero y en lo que me gusta, no tanto en que le guste a todos”, explica. Al principio dice que sí le dolían las malas críticas, pero aprendió a tomarlas menos en serio.

“La cosa también es ese balance, si te clavas mucho en lo bueno, ‘ah, no pues sí, verdad, sí hice una obra maestra como dice esta persona’, eso creo que es un error. Igual si dices ‘ah, no pues sí hice una mierda como dice esta persona’, eso también es un error”, sentencia. “Sí significa mucho ganar algún premio, por ejemplo, en Cannes, el premio que gané, pero no significa que soy infalible o que soy un genio o algo así. Eso ya sería un error, empezar uno a creer esas cosas, es a lo que me refiero. Al igual que habría sido un error ya dejar de hacer cine cuando me rechazan en mi propia ciudad”.

México: Injusticia e inspiración

¿Qué esconde la cabeza de Amat Escalante? ¿De dónde salen esas escenas de su cine que se marcan como a fuego a través de nuestros ojos? Un hombre al que le queman los genitales, una mujer a la que le vuelan la cabeza, un monstruo hecho de muchos tentáculos teniendo relaciones sexuales con una humana…

“Eso yo siento que viene en parte de mi papá Oscar Escalante, que es pintor y músico”, afirma. “Las dos cosas las hacía muy radicalmente, muy contundentemente. Así crecí, viendo imágenes chocantes y sonidos chocantes y creo que se me ha quedado un poco eso en mis películas, querer impactar con lo visual, dejar marcado en la memoria, o en el ojo, imágenes que no se puedan borrar de la cabeza. Para mí eso es el cine, así fue el cine que me impactó desde pequeño hasta ahora y trato de hacer eso”.

Guanajuato le parece una contradicción que también lo influenció. Una ciudad llena de cultura, pero con un ambiente conservador. “De eso yo me he nutrido, incluso me ha inspirado, está en todas mis películas; esa ‘cerradez’, ese ‘mochismo’, está en mis películas y gracias a eso tengo cierta visión”, explica. “Por eso creo que Guanajuato está muy presente, porque aunque mis películas son muy sexuales, violentas, de alguna forma no-católicas, porque hay escenas que no serían aprobadas por ninguna iglesia, surgen de eso, de ese ambiente, crecer en eso y estar expuesto desde pequeño a esa cultura en Guanajuato. Esa mentalidad más que cultura”.

Claramente le interesan problemas sociales. Sus personajes son todos inadaptados, pertenecientes a un sector particular que sufre diversos malestares. “Son cosas sociales que veo, algo que me parece injusto, más que nada. Y aquí en México hay tanta injusticia, que hay mucha inspiración para mí”, asegura. “Los que tienen el poder para que cambien las cosas, están a gusto con su forma de vida, no quieren soltar nada de su forma de vida y están a gusto contratando seguridad, básicamente. Mejor contratar a un guarura y blindar tu coche, que realmente hacer que cambie el país”.

Recientemente regresó al tema del narco que tocó en “Heli”, dirigiendo dos capítulos de la primera temporada la serie de Netflix, “Narcos: México” (2018). Retratando nuevamente una de las caras más violentas del país, su visión del panorama es pesimista. “Creo que todo está muy igual que hace 500 años. El control es a través del miedo, la ignorancia y entre más se nutra esa ignorancia y ese miedo, que se nutre con ideas retrógradas, sin educar a la gente, pues más poder van a tener otras personas, cuando podría ser muy diferente”.

Medios para expresar su huella

Amat dice que no le interesa tanto remover consciencias ni modificar su propia forma de pensar, sino más bien mostrar los síntomas de una sociedad enferma, como alguien que va al hospital. “Eso tiene su valor, yo creo. Es eso, es como ir al doctor, es muy sano, básicamente, e importante”, dice.

Su filmografía la considera como un libro de ensayos personales. “Es como alguien que escribe un libro sobre su teoría de la vida; yo hago películas sobre mis teorías de la vida, yo creo que siempre son un poco conflictuadas y contradictorias porque no siento que soy así como partidario a una sola cosa. Veo la vida mezclada entre blanco. Entonces, por eso me gusta dar mensajes ambiguos, para que el público los descifre o los trate de rascar y de cubrir ahí”.

Es aquí donde el mundo audiovisual actual le parece un poco inquietante, pues percibe formas que le impiden expresarse con mayor libertad.

“Ahora ya todo tiene que estar limpio, hay una fantasía que se quiere representar en el cine y en las series, donde esconden la naturaleza humana que a veces puede ser sucia, puede ser racista, puede ser sexista”, dice. “Eso es un paso hacia atrás, yo creo. Esta onda ‘políticamente correcta’ que está sucediendo. Yo estoy de acuerdo con la igualdad y con el no-racismo, obviamente, pero hay formas de aproximarlo y creo que ahora, Hollywood en particular, está siendo tan cuidadoso con todo eso”.

“Siento que antes había más gente que estaba haciendo cosas más extremas. Y yo no digo que todo el cine tiene que ser extremo, pero no todo el cine tiene que estar limpio y lavado de suciedad. La pintura no es así, la música no es así, la literatura no es así y me daría tristeza que el cine termine siendo así”, señala.

El cine es su manera de comunicarse y el mundo moderno podría intentar ponerle una mordaza a su visión. Esa que sale sola, de esa necesidad de contar con la que cargan todos los artistas, como una maldición. “Así como cada quien tenemos una huella digital diferente y una cara diferente, también tenemos una visión diferente, la cosa es perder el miedo a exponerse. Ir logrando eso es la parte difícil, para mí, de hacer cualquier cosa creativa. La parte técnica de aprender cómo hacerlo, pues es lo de menos, eso se aprende con la experiencia. La parte complicada es estar en contacto con esa parte, que no puedes ni forzarlo”.

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