El teatro como reflejo de la realidad

Casi adolescente, López Velarde leyó por primera vez “1984”, el clásico de George Orwell.

A José Manuel López Velarde no le gusta escribir. Se la pasa procrastinando, hasta que no le quedan más pretextos y tiene que seguir adelante. Lo hace por una necesidad de contar cosas y dirigirlas sobre el escenario de algún teatro. “Si hubiera un clon mío que pudiera escribir, sería muy bueno”, confiesa en entrevista. “Me cuesta mucho trabajo sentarme a escribir y engancharme, soy mucho más naturalmente un director que un escritor. Escribo porque tengo la necesidad de dirigir esas historias. Pero sí, para mí es muy tortuoso escribir”.

De esa tortura, nacieron las exitosas obras musicales por las que más se le recuerda: “Si Nos Dejan”, con canciones de Juan Gabriel, José Alfredo Jiménez y otros; “El Último Teatro del Mundo”, para un público infantil; y, por supuesto, “Mentiras”, con temas de Yuri, Dulce y Lupita D’Alessio, el más exitoso de todos, con ya casi 11 años presentándose en México.

Para él es un alivio encontrarse con piezas como la adaptación teatral de “1984”, basada en la novela de ciencia ficción de George Orwell. El texto fue adaptado por Robert Icke y Duncan McMillan, que no son sus clones, pero cumplen con la función. Solo tuvo que comprar los derechos y ponerse a hacer lo que sí le gusta, dirigir. Actualmente se presenta en el Centro Cultural Helénico, los viernes, sábados y domingos, con actuaciones de Antón Araiza, Constantino Morán, Vanesa Restrepo, Alberto Eliseo, Angie Vega, Terence Strickman, Alfredo Herrera y Evan Regueira.

CONTROLAR AL PUEBLO
Para que se atreva a realizar una obra, primero debe tener un interés personal y ese mismo se debe traducir hacia los espectadores. Por eso consideró pertinente la obra de Orwell, una historia que, desde su publicación en 1949, no ha perdido vigencia para la sociedad. Adaptada infinidad de veces, cuenta sobre un distópico Londres, donde un gobierno totalitario mantiene a la población dominada bajo la vigilancia del Gran Hermano, sumidos en la miseria y sin capacidad de rebelarse.

“Desde que compramos los derechos de esta obra, fue justamente cuando (Donald) Trump estaba a punto de ganar las elecciones en Estados Unidos”, explica Velarde. “Y pues esta proliferación de ‘fake news’ en ese momento, datos alternativos, ahora ‘otros datos’, esta manipulación de la realidad, más que de la información. Porque los de El Partido de ‘1984’ más que controlar a los medios, (lo que quieren) es controlar la mente de las personas”.

La primera vez que leyó “1984” fue en la preparatoria, porque se lo dejaron de tarea. Posteriormente vio “Brazil” (1985) de Terry Gilliam, cuyas referencias a Orwell lo llevaron a revisitar la novela de una manera mucho más consciente.

“Ahora, leyéndolo ya mucho más grande, creo que lo que más me llamó la atención fue la parte política”, dice, mencionando al gobierno de Estados Unidos y al de Andrés Manuel López Obrador.

“En México sobre todo esta cuestión de la posverdad, de pronto ya no saber que es cierto y que no y qué no es cierto. Porque además con los medios electrónicos, on line, hoy de pronto la gente le cree más a una app que le dice que está el viendo, que a sus ojos. Se asoma primero a la app que a la ventana. Le cree más a lo que está ahí que lo que está viendo.

Y en México hoy, simplemente, las últimas semanas han salido notas que directamente los periodistas han relacionado con Orwell. Este manifiesto que escribió el gobierno de López Obrador para el inicio de clases en el que tenían que aplaudirle a él y tenían que hablar de la historia que él quería que hablaran y demás, es muy orwelliano”, cuenta.

EN LA MENTE AJENA
Pero si bien la manipulación de la realidad es una herramienta utilizada por gobiernos para dominar al pueblo, él también realiza esta práctica para llevar a cabo su arte. “Esta obra está un poco escrita de esa forma del doble-piensa, que es poder pensar dos cosas contradictorias y creer ambas y mentir a conciencia sabiendo que te están mintiendo, pero creyendo en esa mentira. Un poco el teatro también tiene algo de eso, del doble-piensa, sabes que eso es ficción, pero al mismo tiempo reaccionas como si fuera verdadero”.

Velarde no vio la mentira de “1984” en el teatro, pues ya se había presentado en otras partes del mundo antes de que él la trajera a México.

“Nunca he dirigido una obra de teatro que haya visto”, dice. “Cuando ya teníamos los derechos, después se anunció que se iba a estrenar en Broadway y pudo haber la posibilidad de verla y no. Justo esa es otra cosa de las que me parece un poco complicado de dirigir cosas que no sean mías.

Si están en algún lugar montadas, no me gusta ver como imágenes ni nada, porque siento que me pueden viciar y que después pueda ser difícil tratar de sacarme una imagen. De hecho, hay obras de teatro que he visto y que me han ofrecido dirigir y que digo ‘no, pues es que ya la vi y la verdad es que está tan bien ¿y ya qué le hago?’”

Dirigir algo escrito por alguien más se vuelve entonces un reto diferente. Tiene que meterse en la mente ajena y hasta confiar como en un acto de fe.

“De pronto sientes que tienes que desentrañar lo que pasaba en la cabeza de otra persona. Eso puede hacer que te sientas un poquito más acompañado, porque dirías, ‘bueno seguramente puso esto por algo’. Es muy diferente cuando tú lo escribes, que sí sabes que si la regaste fuiste tú el que la regó. Y, por otro lado, de pronto también es como ‘¿qué quiere decir?, no entiendo’. Quisiera cambiarle un pedazo del texto, pero eso obviamente no lo haría, precisamente, además porque yo también escribo, no estaría yo ahí mochándole a otro texto”.

Considera que su nueva obra es “un animal del tamaño de un musical”, por todos los elementos sonoros y visuales que hay en la puesta en escena, por lo que no encuentra gran diferencia entre eso y el género por el que es famoso. “La verdad es que nunca me he sentido como un director de musicales”, aclara. “He hecho igual número de musicales que de no-musicales, pero sí me considero que la musicalidad y la sonoridad, por ejemplo, y el ritmo de la música, informan mucho todo lo que hago, independientemente de si hay tal cual música cantada o no”. Porque la música, cuenta, fue lo que llegó primero a su vida.

EL CAMINO DOLOROSO
“La verdad es que no soy de una familia que fuera al teatro”, recuerda Velarde. “La música sí está por todos lados y hay casetes míos cantando desde que empecé a hablar prácticamente”. Le viene a la mente “El Chorrito” de Cri-Cri, que relaciona con su obra infantil “El Último Teatro del Mundo”. En cuanto a la primera puesta que llegó a su vida, menciona el musical “El Diluvio que Viene” en el Teatro San Rafael. “Me acuerdo del arca enorme y de que caían billetitos en el techo (risas)”.

Pero a pesar de ver poco teatro cuando era niño, dice que lleva dirigiendo desde pequeño, aunque no lo sabía. “Muy pronto yo empecé a escribir mis cuentitos, que con mis amigos los ponía actuar o los ponía a actuar el capítulo de la caricatura que me gustó la noche anterior, esos eran mis teatros. Jugaba a hacer teatro sin saber que eso era teatro”, recuerda. “En la prepa dirigí una obra de teatro y pues sí, me di cuenta que eso es lo que quería hacer. No sabía cómo era hacer para hacer eso, qué era lo que tenía que estudiar o por dónde llegar ahí”.

Su primera obra formal fue un desastre. Se titulaba “El Hombre Partido”. Nunca se ganó ninguna beca, cuenta, la hizo con el sueldo que obtenía haciendo publicidad y ganó una convocatoria justamente en El Helénico, para presentarla en el Foro La Gruta. “Fue también la escuela más cara y más difícil que me pagué. Todo salió mal, no sabía cómo hacerlo. Pero bueno, pues así, echando a perder. Y luego ya empezando a estudiar en forma teatro, pues ahí es donde empecé a conocer gente y a relacionarme y a asistir dirección, aprender de otra forma menos dolorosa”.

Fue hasta “Mentiras” que las puertas insospechadas del éxito se abrieron para él. ¿Cómo logró semejante triunfo? No sabe. “Yo lo que te puedo decir es que con cada obra de teatro que hago es asegurarme de que este contando una historia que me interesa mucho contar. Porque precisamente por estas dificultades obviamente que dices ‘¿por qué estoy haciendo esto?, no vale la pena’. Entonces te das cuenta que sí vale la pena, porque hay algo que quieres decir con eso. Y además, con la calidad y con la obsesión con que yo soy espectador de las obras. A final de cuentas, un director es un espectador experto, que está viendo todo y que está tratando de que esté en orden y que esté funcionando para contar una historia”.

LA COMPETENCIA EN LAS PANTALLAS
Mantener sus convicciones no es fácil, ante las grandes dificultades de hacer teatro en México. “Es muy difícil convocar al público al teatro en México, no es algo que esté injerto en su cabeza, en su cultura, como, por ejemplo, el cine. Eso lo hace muy difícil. Ahora están siendo muy difíciles los tiempos, necesitas un teatro, una buena temporada, o unas semanas, para ensayar, probar, experimentar cosas y cada vez hay menos tiempo.

Porque, además, también el tiempo es dinero. Antes (al gobierno) no les importaba la cultura, ahora parece que es un enemigo. Esto que llaman elitista, no es elitista. Evidentemente el teatro no es un medio masivo que vaya a llegar absolutamente a toda la población, pero a la persona que llegue sí les cambia la vida y sí les hace pensar y demás”.

Es por ello que “Mentiras” le parece algo insólito. “Yo cada noche que hay público en un teatro me parece un milagro y pues en ‘Mentiras’ lleva repitiéndose 11 años ese milagro. Y bueno también (es) una plataforma que tiene su lado positivo. También me cerró muchas puertas ‘Mentiras’, de pronto hay como un prejuicio al musical o a la empresa que produjo ese musical. Pero hoy me parece que eso ha quedado atrás y fue también una gran escuela”, expresa.

Con el tiempo, llegó a fundar, junto a su esposo, La Teatrería, espacio en el que buscan promover un teatro donde se borre la línea entre lo que sconsidera “comercial” y “de culto”. “Hay un teatro, me parece, que puede vender boletos, pero que también puede tener un discurso interesante y puede tener calidad y no necesariamente tienen que estar esos mundos tan separados”, explica. “(Me gusta) el teatro en el que el público tiene que completar una información, que no está todo realista y deglutido. El teatro en el que puedo crear un universo, crear un mundo estéticamente o sonoramente. La verdad es que prácticamente todas las obras de teatro en las que he estado, las que he hecho, han sido de esa forma. Ninguna ha sido como una imposición o un negocio nada más o algo que no me parezca algo que quiero contar y que tiene esas características”.

Su miedo principal, en este punto de su carrera, es que el proceso de montar alguna obra se vuelva como el de escribir: una tortura. “Le tengo miedo, cada vez más, y eso es algo importante hoy en día para mí, a tener procesos tortuosos y sufridos y que no disfrute lo que estoy haciendo. Aunque quede bien, si el proceso es un suplicio, no le veo mucho caso”. Y el sufrimiento se extiende cada vez más, con la proliferación de las series, que afecta sobre todo a los elencos, pues crea una falta de compromiso de los actores. Velarde asegura que suelen abandonar los montajes a medio camino por darle prioridad a algún proyecto televisivo.

A pesar de ello, asegura que lo siguiente que le gustaría hacer sería trabaja fuera del teatro e intentar algo para la pantalla chica o grande. “No creo que tenga que ver una cosa con la otra”, dice sobre estas dos formas de expresión. “Me parece que la experiencia es absolutamente diferente y que seguramente el teatro siempre se ha sentido amenazado por el cine, por la televisión, por todos esos medios”.

Opina que mantener vivo el teatro, depende de formar nuevos públicos. “Que los niños y los jóvenes vuelvan otra vez a ese lugar que es el reducto de lo humano, hay otra persona contándole una historia. Eso no hay forma de replicarlo, no hay forma de bajarlo, de escribirlo, de pintarlo, de nada. Es lo que empezamos a hacer los humanos para ser humanos. Alguien que puso raíz, se pasó al otro lado de la fogata y le contó algo a alguien, a otra persona y lo fascinó. No creo que deje de existir, tendrá que evolucionar, moverse y demás, pero creo que la clave es justamente crear nuevos públicos”.

Por Carlos Díaz Reyes. / 11 de septiembre de 2019.

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