La narrativa que hizo del campesino el gran cerebro criminal

Alejandra Ibarra es la autora del libros sobre el juicio de Joaquín Guzmán Loera.

Las imágenes fueron vistas por millones de individuos de distintos países. Un convoy de camionetas negras y alto blindaje custodiando siempre al vehículo en el que se trasladaba a Joaquín Guzmán Loera cada vez que fue de su punto de confinamiento, en Brooklyn, a la sala donde se desarrolló el juicio, en la isla de Manhattan.

Desde O. J. Simpson, Lorena Bobbitt o Theodore Kaczynski, Estados Unidos no tenía un caso tan mediático. Eso lo entendieron perfecto las autoridades, y lo aprovecharon a su favor. Pero, como dice Alejandra Ibarra Chaoul, esa imagen superlativa de gran criminal que se le armó a El Chapo Guzmán, se desvaneció apenas lo vio cruzar la sala donde habrían de condenarlo.

“Resulta que es una persona que se ve sencilla, que se comporta muy atento con sus abogados, que tiene una infección en los oídos y los pies”, describe Ibarra, quien cubrió cada una de las comparecencias, hasta la sentencia final. De esos días, salpicados de anécdotas extrajudiciales, es que se nutre su primer libro, El Chapo Guzmán: el juicio del siglo.

“A diferencia del Vicentillo (Vicente Zambada Niebla, hijo de El Mayo), que estudió en el extranjero, que es una persona muy elocuente en dos idiomas, y que como encargado de los negocios internacionales del cártel es una persona que conoce el mundo, el Chapo es una persona muy simple, es un campesino, no comparte las conversaciones y lugares comunes del citadino. No habla con anglicismos y nunca vio una serie de HBO. A pesar de esto, el juicio es un lugar en el que la narrativa es que el campesino es la gran mente maestra de una organización criminal y Vicente, el sofisticado y astuto hombre de mundo, es el ex protegido que lo traiciona”, añade.

En una experiencia vivida solo por quienes formaron parte del juicio, Ibarra cuenta actos tras bambalinas.

“El juicio se convirtió de repente en un pequeño universo. Y para los que estuvimos ahí tres meses, yo creo que fue nuestra vida. Entonces ahí -y es parte de lo que ofrezco en el libro: el detrás de las cámaras- un día nos formamos como a menos catorce grados centígrados, y de pronto en la cafetería convivíamos en la mesa de al lado con la esposa del Chapo, en la siguiente con sus abogados, con los guardias del escuadrón anti bombas… Entonces todos estábamos como en este pequeño mundo. Y eso fue también parte esencial de la cobertura, porque humaniza todo”.

Egresada de la Facultad de Ciencias Políticas del ITAM, Alejandra Ibarra Chaoul es hija de padres sinaloenses. Como investigadora en la Universidad de Columbia, donde adquirió el grado de maestra, dirige Democracy Faigthers, un proyecto académico que aporta información sobre el trabajo y condiciones de periodistas asesinados en México.

La aventura periodística inició por una coincidencia. Al juicio acudió en su rol de académica, pero coincidió con el director del semanario RíoDoce, Ismael Bojórquez Perea.

“En un par de eventos nos conocimos. Después yo contacté con él para preguntarle información sobre el proyecto que llevo en Columbia y él me dijo: ¿no quieres cubrir el juicio del Chapo para RíoDoce? De inmediato le dije que claro que sí”.

-Quienes nacieron o guardan vínculos estrechos con zonas epicentro del narco, crecen rodeados de historias criminales, muchas de las cuales mitifican a personajes ligados con mundo de la droga. Es el caso de Joaquín Guzmán. ¿Cómo encaraste ese marco referencial al momento de reportear y posteriormente escribir tu libro?

-Yo tenía información de El Chapo a través de lo que había visto en noticias, como cualquier otro mexicano. Y esta idea de las series de televisión, de las canciones y todo esto, ¿no? Entonces, en este sentido sí era como en el sentido de una persona más mítica, como una leyenda, y a la hora que llegó al juicio me encuentro con que era un ser humano común y corriente, de carne y hueso. En el primer momento pues causa una impresión fuerte: voltea a ver a los reporteros en la sala, cruza mirada con nosotros y poco a poco se va convirtiendo en una persona que, lejos de ser una leyenda, está en medio de un proceso legal en su contra.

-No solo el gobierno de Estados Unidos le encumbró a figura principal dentro del orden global delictivo, sino que, desde el ámbito editorial se le ubicó en la lista de magnates mundiales. ¿Qué tanto de ello consideras que fue demostrado?

-En el primer capítulo abordo cómo fue incluido en las tres listas de Forbes. ¿Qué tanto de ello considero que fue demostrado? No lo sé. Me han preguntado si fue justicia. Creo que se encontró culpable a el Chapo por los delitos que se le imputaron de este lado (Estados Unidos), que eran básicamente de tráfico de drogas, y creo que en ese sentido el proceso llevó su curso a pesar de que los jurados hayan roto las reglas. Si me queda algún tema pendiente es la responsabilidad o el involucramiento de Guzmán Loera en la parte de crimen y de violencia, de desapariciones e impunidad que vive México.

-La idea de cubrir el juicio provino de tu relación con el director de RioDoce. ¿Influyó de alguna manera el homicidio de Javier Valdez a la hora de escribir el libro?

-Creo que es información relevante que yo trabajo como investigadora en la Universidad de Columbia, donde dirijo un proyecto que se llama Democracy Faigthers, y es un acerbo documental que agrega los trabajos de los periodistas asesinados en México. Entonces, en ese sentido, y en el interés de mi investigación, el homicidio de Javier Valdez fue un tema de constante guía para llevar a cabo la investigación y fue muy relevante durante todo el tiempo.

-Tanto Washington como México -hablo de los sistemas de gobierno- construyeron un discurso en el que toda amenaza y todo acto de violencia y resquebrajamiento del estado mexicano y la seguridad nacional estadounidense, es obra de lo que ellos mismos bautizaron como “cárteles de la droga”. ¿En tu libro llegas a cuestionar ese discurso?

-Yo no sé si culpan de toda amenaza y toda la violencia y el resquebrajamiento a los cárteles de droga, pero sí me parece que tienen un discurso muy politizado en Estados Unidos respecto a los cárteles de la droga, esto en el marco de su lucha contra las drogas, y esto estuvo muy presente a lo largo del juicio. Al Chapo se le acusaba constantemente de envenenar a los estadounidenses, que es algo que sus propias farmacéuticas están haciendo. Eso me parece un discurso muy político y no me parece que esté funcionando el discurso de combate a las drogas para resolver los problemas de violencia, por ejemplo. Ni tampoco de demanda ni de consumo de las drogas.

-Durante el juicio surgieron declaraciones y señalamientos sobre los niveles de corrupción en las altas esferas del gobierno mexicano. Sin embargo, ninguna de ellas prosperó ni parece que habrá de significar amenaza alguna para ningún ex funcionario de alto nivel. ¿Cuál es la lectura que tienes sobre este desfile de ex funcionarios nombrados a través de los días?

-Sobre los sobornos, lo que me parece relevante es que se haya dicho en el contexto de la solemnidad de la corte de la Ciudad de Nueva York, y que ya quedó registrado históricamente en estos documentos. Y creo que lo que tendría qué hacer México es, efectiva mente, indagar e investigar estas acusaciones, porque me parece que es muy necesario para el país.

-¿Piensas escribir otro libro con el mismo tema del narco?
No sé de qué será mi siguiente libro. La verdad es que este libro lo considero yo, no tanto por ser sobre el narco, sino más bien sobre el juicio, y sobre un juicio de estas dimensiones, con estas implicaciones políticas. En este momento de la historia lo que implica para México, lo que implica para Estados Unidos y lo que vivíamos ahí, digamos en la convivencia cotidiana con la gente que ahí estaba, y los movimientos sociales que también se están viviendo, de cómo se utilizaron en el discurso del juicio. Entonces, no diría que voy a escribir otro libro del narco, específicamente, pero si se puede abordar la problemática social a través de ese tema, sí lo haría.

Con información de Beatriz Morfín y Joaquín Ortega .

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