Columna: Perdonar lo imperdonable. Las otras conquistas de México

En esta ocasión mexicanos y españoles no hablamos el mismo idioma. Andrés Manuel pidió al Rey Felipe VI que se disculpara por los abusos y las atrocidades cometidas –o solapadas– por la Corona contra nuestros pueblos originarios durante la así llamada “conquista de América”. Arturo Pérez Reverte, como su capitán Alatriste, salió en defensa de una causa perdida, poniendo de paso a nuestro Presidente en la disyuntiva de ser un imbécil o un sinvergüenza. Queda claro que no hay nada parecido a un consenso sobre el significado de esta expresión, “conquista de América”, y el consecuente tratamiento moral que debemos darle.

Allá, al otro lado del Atlántico, circula la versión –una entre otras– de que la “conquista” fue una empresa evangelizadora y civilizatoria que tuvo sus excesos sanguinarios, algunos inevitables y otros debidos a las pautas morales propias de la época, pero que estos excesos estuvieron acompañados de una enorme generosidad, a diferencia de lo que otros Imperios, de verdad despiadados, hicieron en sus colonias. Esto último –“no fuimos los peores y hasta fuimos bondadosos”– es lo más cercano a una disculpa que podemos arrancarle a este discurso.

¿Qué significa “conquista de América” en México? Se trata tanto de una realidad histórica como de una realidad psicológica. Hace 500 años tomó lugar una guerra en el territorio que hoy conocemos como México. Resultado de esta guerra fue la destrucción y el brutal sometimiento de los pueblos nativos. Sabemos que los invasores movilizaron a su favor las enemistades entre los pueblos de Anáhuac, y que esto, aunado a las enfermedades, precipitó la caída súbita del imperio azteca. Pero este hecho, en apariencia histórico, fue elevado casi enseguida a mito vertebrador de la identidad nacional. Por siglos, los habitantes de esta región geográfica que es México nos hemos concebido como la confluencia dolorosa entre dos potencias o impulsos, uno hierático y de delicada sensibilidad femenina; el otro viril, violento y sustantivo.

La “conquista” es para nosotros trauma psicológico, y que sea trauma quiere decir que no sólo se repite a diario, sino que busca continuamente las condiciones de su repetición, cada vez que nos interpretamos a nosotros mismos, nuestra psique, nuestra historia, nuestras manifestaciones culturales a partir de un esquema binario de inteligibilidad cultura (accidente-sustancia); cada vez que enarbolamos la epopeya del mestizo; cada vez que denostamos a Yalitzia Aparicio por sus facciones o por atreverse un vestido que no fue confeccionado para gente de su talla o su porte; cada vez que discriminamos al indio por su tez morena y por su presunta resistencia al “progreso”.

Somos víctimas de un colonialismo interno, voraz y canibálico, y esto lo sabemos a ciencia cierta desde que Pablo González Casanova, en 1965, publicó La democracia en México: la sociedad mexicana está partida en dos, una que conquista y otra que es conquistada: los índices de población indígena coinciden con milimétrica exactitud con los índices de población descalza, analfabeta y pobre.

Esta partición entre dos México toma lugar fuera y dentro de cada uno de nosotros. Hay un Cortés y una Malinche que hemos interiorizado. La dualidad problemática y constitutiva del mexicano fue objeto de numerosos estudios, terapias y exorcismos durante el siglo XX. Se ha dicho de los mexicanos que portamos máscaras, que gesticulamos, que nuestro ser oscila como un péndulo entre dos polos, que padecemos un complejo de inferioridad. Alfonso Reyes describía la “conquista” –no el hecho histórico, sino su huella psíquica y cultural– como el encontronazo entre una vasija muy refinada y una piedra. El mural de 1926 de José Clemente Orozco, “Cortés y la Malinche”, nos presenta al conquistador como a un hombre recio y sólido, que con una mano se aferra a la mujer indígena de párpados caídos y taciturnos, en una especie de amorosa alianza, mientras que con la otra mano la cubre y la retiene, en un gesto ambiguo de dominio y protección.

¿Por cuál de todas estas “conquistas” es que el presidente solicita un “perdón” y qué clase de “perdón” es este? El filósofo argelino Jacques Derrida decía que, en sentido estricto, sólo se perdona lo imperdonable. Si el daño es susceptible de reparación, y se repara; si el crimen es susceptible de juicio, y se le condena; si la ofensa es susceptible de corrección, y se le corrige, entonces estamos ante un acto de resarcimiento, de justicia o de venganza, ante una indemnización o el cobro de una deuda, pero de ninguna manera ante un acto de perdón, pues éste ha de ser un don gratuito: se concede sin esperar nada a cambio porque de hecho ya nada se puede dar, hacer o decir.

Maestro en Filosofía de la Cultura por la UNAM y en Filosofía Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Se especializa en la filosofía mexicana del siglo XX y la configuración del discurso nacionalista del PRI a través de sus ideólogos invisibles. Es autor de La revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI(Ariel, 2018), y de las novelas El caso de Armando Huerta (Premio Nacional de Novela Luis Arturo Ramos, 2009) y Ciudademéxico (Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas, 2014). @Jmcuellarm

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