Columna: ¿Cómo llegó la Cartilla moral a manos de AMLO?

Por: José Manuel Cuellar

En 1912, en medio de los desmanes de la Revolución, un grupo de jóvenes (reunidos bajo el nombre de Ateneo de México) tomó la valiente decisión de fundar una Universidad, solo que ésta no concedería títulos ni daría una remuneración económica a sus profesores. Su propósito único y ambicioso consistía en llevar a los mexicanos –hasta el taller o la fábrica, de ser preciso– los valores más altos de la cultura. Estos jóvenes estaban convencidos de que la Revolución mexicana, más que un cambio de gabinete, debía llevar a cabo una transformación profunda de las mentalidades –una revolución de las conciencias–, de aquí la importancia vertebral de la educación.

Para deshacerse de los viejos atavismos del porfiriato, el nuevo hombre emanado de la Revolución debía trabar conocimiento con la filosofía, la literatura, el arte, la higiene y el civismo; debía, en otras palabras, aprender a cuidar de su cuerpo y de su espíritu y a hacer valer su dignidad en tanto persona libre.

Los jóvenes del Ateneo veían en el positivismo –la presunta ideología de Porfirio Díaz– una especie de yugo que los asfixiaba. Para la filosofía positiva, el universo es ante todo material, conformado por fenómenos sensibles que el científico estudia y sistematiza –la voz de la ciencia es la única valedera y la única que garantiza el progreso–, regido por el principio de la lucha por la sobrevivencia y del imperio del más fuerte.

Los jóvenes del Ateneo no estaban de acuerdo. Al lado y por encima de las necesidades biológicas básicas de nutrición y reproducción, el ser humano tiene otras necesidades, éstas de índole espiritual, y otros sentimientos, como el sentimiento estético de lo bello, y otras capacidades, como la capacidad de amar desinteresadamente y en contra incluso de nuestros impulsos más primarios de sobrevivencia: no queremos sólo sobrevivir, sino vivir bien y en felicidad. Los ateneístas querían reivindicar para el hombre mexicano una dimensión trascendente de la existencia, a saber, la dimensión moral. La Universidad se llamó Universidad Popular Mexicana y funcionó hasta 1920.

Entre los jóvenes del Ateneo se encontraban Antonio Caso, Alfonso Reyes y José Vasconcelos. Este último creó la Secretaría de Educación Pública en 1921. Desde allí emprendió una intensa cruzada de alfabetización que incluía, entre otras cosas, la repartición masiva y gratuita de los clásicos de la literatura universal. Los talleres gráficos de la SEP se pusieron en marcha a ritmo febril con el objetivo heroico de que en cada hogar mexicano hubiese un ejemplar de La Ilíada.

Dos jóvenes estuvieron al lado de Vasconcelos en este período: Jaime Torres Bodet, quien con tan solo 19 años fue secretario particular de Vasconcelos, y Carlos Pellicer Cámara, poeta tabasqueño y activista, que, según cuentan, llamaba a las puertas de las vecindades y en medio de los patios se ponía a recitar poemas y a exaltar las bondades de la literatura.

Pellicer volvió a estar muy cerca de Vasconcelos durante su campaña presidencial de 1929. Esta filiación le valió la cárcel y el exilio, pero sus esfuerzos educadores y de concientización estaban lejos de terminar.

Torres Bodet ascendió a Secretario de Educación en 1943, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y bajo el régimen de Ávila Camacho, nuestro último presidente militar. Atrás quedaba Lázaro Cárdenas y la promoción desde el Estado de la lucha de clases. Tocaba para México la hora de la unidad nacional, hora de concordia y de trabajo, tal y como lo exigían las difíciles circunstancias. El PRI todavía no existía –aparecería hasta 1946– pero el terreno para su inminente aparición estaba allanado.

Torres Bodet retomó el proyecto vasconcelista (y en última instancia ateneísta) de alfabetización y moralización de los mexicanos. Comisionó a Alfonso Reyes la escritura de una Cartilla moral destinada al educando adulto. Tenía que ser una lectura breve y ligera que ofreciera a los mexicanos unas orientaciones generales de conducta, pero que de ningún modo ofreciese consejos específicos y concretos de acción. El texto resultante no fue un decálogo inflexible ni un atentado a los principios liberales que piden el máximo respeto a la libertad de cada individuo para elegir las metas y los medios de su autorrealización. Alfonso Reyes se limitó a dar unas pocas pautas y unos pocos criterios de evaluación de nuestros actos y a señalar el rumbo que debía seguir la educación, dando por supuesto que ésta, para ser moral –y a diferencia de lo que dictaría un filósofo positivista–, debía estar orientada al bien común.

Reyes concibe la educación como una serie de círculos concéntricos que van del ámbito más personal al más impersonal, del amor y el respeto a uno mismo, a la familia, a la sociedad, a la ley, hasta el amor y el respeto a la patria, a la especie humana, al trabajo humano y, finalmente, a la naturaleza. Aristóteles fue la principal inspiración de Reyes, de ahí que el autor incluya la Cartilla en el tomo XX de sus obras completas y como corolario de sus estudios sobre filosofía helenística.

Alfonso Reyes era, por otra parte, el intelectual idóneo para la escritura de esta Cartilla. A diferencia de Antonio Caso (defensor acérrimo de la libertad y de un cristianismo sui géneris, acusado a menudo de “mocho”) o de José Vasconcelos (que expresaba su abierto apoyo a la férula nazifascista), Reyes parecía una figura más neutral, más serena, menos comprometida y con un prestigio y una autoridad intelectual indiscutibles.

Huelga decir que el gobierno no aprovechó la Cartilla de Reyes para su campaña. El texto vio la luz en 1952 y en una edición de autor.

¿Cómo llegó entonces hasta las manos de Andrés Manuel? Es aquí donde de nueva cuenta sale a escena Carlos Pellicer, en Villahermosa, a principios de los 70. Un jovencísimo Andrés Manuel cayó bajo el hechizo de sus conversaciones y de sus recitales de poesía. En el 75, Pellicer se postuló como Senador de la República por Tabasco. Andrés Manuel, a sus escasos 23 años, se sumó a la campaña con fervor: recorrió el estado, de Huimanguillo a Tenosique, de Centla a Tacotalpa; escuchó los flamantes discursos del aspirante a Senador, se maravilló del poder persuasivo y vivificante de las palabras; se plantó entre la gente, estrechó sus manos, tal y como el propio Pellicer hiciera décadas atrás: un estilo vasconcelista, o mejor dicho, humanista de hacer política.

En 2011 Andrés Manuel propuso por vez primera la implementación de una República amorosa, amparado, según sus propias declaraciones, en el contenido de la Cartilla moral de Reyes, con la que habrá sentido una inmediata simpatía por pertenecer a su misma tradición, a su misma herencia y a su mismo proyecto de regeneración moral. En 2013, con la derrota de las elecciones a cuestas, Andrés Manuel conoció de cerca el caso del niño Chuchín, un niño que nació a los seis meses de gestación, de padres muy humildes de Xochimilco, y que pasó sus tres años de vida internado, sin poder ingerir alimentos sólidos y recibiendo atención médica especializada en el Instituto de Enfermedades Respiratorias. En esos tres años el niño Chuchín vivió rodeado de mucho amor, por parte de sus padres, como es evidente, pero también por parte de médicos y enfermeras. Este hecho convenció a Andrés Manuel de que aún había en México una enorme reserva de valores, una conciencia moral, atrofiada, tal vez, pero todavía palpitante, que necesitaba ser sacudida –como en su momento se lo propuso Reyes– y devuelta a toda su lozanía y esplendor.

Si los ateneístas lucharon con denuedo contra el porfirismo, Andrés Manuel lucha contra el “neoporfirismo”, una palabra con la que designa a los sexenios que van de 1982 a 2018, caracterizados todos ellos por una “política neoliberal del pillaje” y por la “adoración al dinero”. Como los ateneístas –sus aliados naturales–, Andrés Manuel alberga el deseo de restituir a la política su vocación de servicio, amor y respeto a la vida, el bien y la felicidad humanas. Así lo dejó consignado en su libro de 2017: “la meta última de la política es lograr el amor y hacer el bien porque en ello radica la verdadera felicidad”.

Alfonso Reyes y la Cartilla moral no son sus únicos referentes. Ha invocado en su apoyo, en más de una ocasión, la sabiduría de Aristóteles, el Antiguo y el Nuevo Testamento, Confucio, Buda, Tólstoi, José Martí, Silvio Rodríguez…, con lo que es de esperar que la edición y difusión de la Cartilla no sea un evento aislado sino apenas un punto de arranque.

Podemos trazar un puente que va de 1912, fecha en que ese grupo de jóvenes inquietos tuvo la osadía de fundar una Universidad, y a través de ella de fundar un país, a 2019 y a la reimpresión de la Cartilla –nadie sabe para quién escribe–; un puente que pasa por los empeños y las fatigas de Torres Bodet y por la oratoria chispeante y florida de Pellicer Cámara.

¿Trópico para qué nos diste las manos de color?

Maestro en Filosofía de la Cultura por la UNAM y en Filosofía Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Se especializa en la filosofía mexicana del siglo XX y la configuración del discurso nacionalista del PRI a través de sus ideólogos invisibles. Es autor de La revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI (Ariel, 2018), y de las novelas El caso de Armando Huerta (Premio Nacional de Novela Luis Arturo Ramos, 2009) y Ciudademéxico (Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas, 2014). @Jmcuellarm

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