Columna: Vajteaver lo que vajteaver (Ya va usted a ver lo que va usted a ver)

AMLO nos lo ha advertido varias veces: no estamos ante un cambio de régimen cualquiera, sino ante el inicio de una nueva era para México, la era de la Cuarta Transformación, de la revolución de las conciencias, de la regeneración nacional, de las consultas –¿cuándo y quién nos había consultado nada?– y de la Constitución Moral.

Qué raro nos suena que un político nos hable de la maldad de los espíritus y que pretenda velar tanto por nuestro bienestar material como por la bondad de nuestras conciencias. AMLO está convencido de que la tarea primordial del Estado consiste en procurar la felicidad de su pueblo.

No es de extrañar entonces que muchas de nuestras categorías políticas hayan quedado obsoletas. Palabras que apenas hace unos meses pronunciábamos sin conflicto, hoy nos sirven de poco o nada para comprender la realidad. La Cuarta Transformación conlleva su propio vocabulario, ya que no podrá haber renovación profunda de México sin una consecuente renovación del lenguaje, las actitudes vitales, los modales, las formas de aprender historia y, lógicamente, de las artes. (Hay o habrá una estética y una literatura propias de la Cuarta Transformación, de eso podemos estar seguros.)

Solemos entender el siglo XIX mexicano como una larga pugna entre liberales y conservadores. El siglo XX lo estructuramos de otro modo. La categoría central es la de Partido Político, siendo el PRI el Partido Oficial, que ocupa, como el Dios Padre de los frescos renacentistas, una posición central y conciliadora entre la “izquierda” y la “derecha”. No había –no hay– una ortodoxia priista. La familia revolucionaria –una familia de veras, o sea, unida por lazos de sangre– podía tener un mismo origen, el origen fabuloso de la Revolución mexicana, podía ser homogénea, pero muy heterodoxa. Lo mismo nacionalizaba la industria eléctrica que practicaba con frenesí el contratismo en beneficio de unos cuantos. La izquierda, si no se avenía a la agenda revolucionaria, podía ser “delirante” o “exótica”, eufemismos de “Marx” y el “marxismo”. La derecha se asociaba comúnmente al catolicismo y a la Iglesia, siendo el PAN su principal bastión.

Hoy en día ninguno de estos términos –ni izquierda ni derecha, ni socialismo ni capitalismo, ni (neo)liberalismo ni Revolución mexicana– da cuenta del fenómeno AMLO-MORENA. Los adjetivos se multiplican (“izquierda/derecha progresista/populista”), pero van a la zaga de una situación que los supera en complejidad.

¿Dónde está el afuera y el adentro del PRI, el PAN, el PRD o MORENA? Han sido tantas y tan sospechosas las coaliciones recientes, los pactos (públicos y secretos), los saltos de acróbata de un partido a otro, las candidaturas “independientes”, que difícilmente podemos captar la realidad con las mismas herramientas teóricas de antes. MORENA no se plantea como un partido más, sino como un movimiento. A la rigidez y la pesadez de nuestros partidos tradicionales opone un cierto dinamismo.

Los partidos políticos actuales son reliquias de otra época, sin identidad, o con una identidad mortecina y muy desdibujada; no tienen consistencia ni poder explicativo suficiente. Las explicaciones están ya en otra parte, no en el ideario político de los partidos.

El nuevo aparato crítico ya se insinúa. Hablamos de “PRIAN”, una palabra que pone en jaque el trinomio izquierda-centro-derecha; los del PRI serían unos cínicos, los del PAN, unos hipócritas. Ésta sería su única diferencia. A los sexenios que van de 1982 a 2018 los denomina AMLO el “período neoliberal o neoporfirista”. Todos tuvieron en común una “política del pillaje”: la corrupción dejó de ser una eventualidad o un accidente en la administración pública para convertirse en parte integral del sistema y en su función vertebral.

Hablamos de la “mafia del poder”, corrupta y voraz, enfrentada a un pueblo mexicano que es en esencia bueno, pero víctima de la pobreza, con una reserva moral milenaria de la cual puede y debe echar mano. Hablamos de los “fifís”, que, suponemos, guardan una relación estrecha con la “mafia del poder”, ya sea porque representan sus valores (neoliberales, individualistas, clasistas) o porque de hecho forman parte de esa mafia. “Hay que mejorar el perfil del turista”, declaró el gobernador “fifí” de Guanajuato al darse cuenta de que los visitantes, en lugar de gastar en restaurantes y museos, llevaban su comida en tuppers.

Los fifís son personas anaguadas, lo que en la jerga tabasqueña significa “personas mimadas y consentidas”. Estos fifís de ceño fruncido miran al pueblo que vota en las consultas y exclaman: ish careca! (¡huácala, qué asco!). El ishcarequismo de los gobernantes es el correlato de la corrupción. Sin embargo, este discurso que promueve el enfrentamiento entre unos mexicanos y otros, tiene como complemento las palabras de “transformación” y “regeneración”. ¿Serán la misma cosa o son dos procesos que se oponen? ¿Hay que “transformar” o “regenerar”? Está por otra parte un llamado a la reconciliación y la amnistía. No es por consiguiente un discurso sencillo y lineal, sino uno que alberga tensiones y paradojas, de manera a veces inconsciente, pero muchas veces de manera muy deliberada y hasta genial.

AMLO cultiva la polémica y la contradicción. En su libro pre-electoral propuso sin margen de dudas la creación de una Guardia Nacional y manifestó su deseo de que el Ejército y la Marina asumiesen tareas de seguridad pública interior. Ya en campaña, AMLO dijo que los militares tenían que regresar a los cuarteles.

AMLO nos tiene en ascuas. No termina de definirse el nuevo vocabulario político y no terminamos, en consecuencia, de entender lo que está haciendo, hacia dónde nos lleva, para qué y cómo. No es ni de izquierda ni de derecha, no es católico ni socialista ni liberal, es acaso populista, por su interés en dar voz absoluta a la inmensa mayoría de los mexicanos y en que seamos nosotros, el pueblo, la fuente de las decisiones políticas cruciales. De momento nos encogemos de hombros, balbuceamos nuevas expresiones y avizoramos el desenvolvimiento de los hechos.

De todos los modismos chocos, quizá debamos tener más en mente uno que captura toda la incertidumbre y la expectación del momento actual, así como el enigma (de la Esfinge) en que nos tiene AMLO: Vajteaver lo que vajteaver.

Ya veremos.

 

Filósofo y escritor  Autor de “La revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI” (Ariel, 2018) @Jmcuellarm

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