Columna: Adivina adivinador, ¿AMLO es un populista?

AMLO no es ni está. Su virtud política –que en este caso coincide con la virtú maquiavélica de perseverar en el poder– consiste en ausentarse, pues a veces la ausencia de uno es la mejor forma de presentarnos, de hacer que nuestra presencia cobre realidad. “Darse a desear” equivale a dejarse engendrar por el deseo del otro. El medio más seguro y eficaz de persuasión es el silencio, sobre todo si se le acompaña de la paciencia (transexenal), por la sencilla y física razón de que todos los vacíos se colman. El interlocutor (el pueblo fantasioso) termina por poner en boca de uno, con el concurso de su imaginación, justo aquello que quería escuchar.

Algo semejante ocurre con la figura paterna en la teoría psicoanalítica. El triángulo edípico de Freud es, en contra de las leyes euclidianas, un triángulo de dos ángulos. El hijo mira a la madre y la madre mira al hijo en un circuito incesante de reconocimiento. Más tarde, en la adultez, el hombre se sorprende a sí mismo buscando ansiosamente el camino de regreso a ese estado primigenio de placidez y completud, en que deseo y objeto de deseo eran una y la misma vivencia. La irrupción del padre desgarra el circuito, pero este padre, en sentido estricto, no existía hasta el momento de su irrupción: se trata de una irrupción creadora, propiciada por la madre: es ella el inevitable agente de la traición que quebranta nuestra frágil plenitud infantil. Ella invita a un tercero, le pide que venga y que sirva de límite absoluto a lo que de otro modo no pasaría de ser un ensimismamiento narcisista; al hijo lo instruye en el temor y la admiración simultáneas. La prohibición materna es ante todo una desviación de la mirada: la madre ahora mira a otro, y es esta mirada la que habilita, ya no sólo la autoridad, sino la existencia del padre. El niño es a partir de entonces rehén de una ilusión de omnipotencia de la que ya jamás conseguirá sustraerse.

La función de AMLO en estos meses ha sido la de una lona gris en que se proyectan las seculares emociones mexicanas del rencor y el orgullo desmedidos. Vemos sucederse en esa lona, desarticuladas y hasta incoherentes, las imágenes nublosas de la “mexicanidad”, una palabreja sonora que comprende tanto el México de antes –la “épica sordina” que va de la Conquista a la Revolución– como el México por venir, desgastado de tanto ser acariciado –la justicia social, la igualdad, la democracia–. El papel de AMLO, como el de la Esfinge, es guardar celosamente el enigma. Es una tarea doble. Callar la respuesta y acicatear por otro lado el interés, emitiendo signos, entre más crípticos mejor, lo que sea con tal de que la curiosidad (creadora ya del enigma) no mengüe. El enigma se nutre de la expectación. El juego de la sobrevivencia y la bonanza política es un juego de apuestas y de adivinanzas que requiere, como resulta obvio, de apostadores y adivinadores.

AMLO es un populista redomado. “Populista” significa aquí el gesto de entregar la palabra al pueblo, en cuya boca, por fin abierta, acabarán por entrar todas las moscas habidas y por haber. Populismos los hay de muchas especies, pero acaso el más auténtico sea el que no se confunde con la fuerza represiva, y que lejos de constreñir al pueblo, le rinde culto y lo mima con libertades. El líder populista no quiere hablar, quiere ser hablado y, sobre todo, quiere ser visto, a través de una pantalla y de frente, a unos pocos metros, donde su campo magnético es quizá mayor; en su discurso deben abundar las pausas: ellas son el verdadero contenido, las que enardecen y fustigan, aún más que los conceptos en apariencia sólidos y sustanciales, pero huecos por dentro, a manera de carcasas viejas. Es posible que el discurso populista sea la consecuencia de un discurso previo y grandilocuente, pronunciado hasta el hartazgo y falsificado su sentido profundo a fuerza de repetición.

Si la democracia es, como se ha dicho, un vacío de poder –nadie sino todos detentan el poder–, la democracia corre el perpetuo riesgo de –e incluso aspira a– convertirse en populismo, con lo que éste conlleva: la movilización lúbrica de todos nuestros deseos creadores. Todo lo sabemos porque todo lo inventamos, y no hay mejor ocasión que la orfandad absoluta para dar rienda suelta a nuestros actos hiperbólicos y blasfemos de creación de un Padre de la Patria.

AMLO aprovecha el espesor de la figura presidencial-paterna al mismo tiempo que la socava: por un lado propone la implementación de “superdelegados” –el Presidente no está de florero en el país– y por el otro lado, el referéndum revocatorio –el patrón último del Presidente es el pueblo–. AMLO es, paradójicamente, la consumación gozosa del régimen presidencialista mexicano. O para decirlo de manera más simple: AMLO es una alucinación colectiva.

Filósofo y escritor  Autor de “La revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI” (Ariel, 2018) @Jmcuellarm

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