Columna: ¿Llegará el día en que los mexicanos nos amemos?

Por: José Manuel Cuéllar Moreno 

El enemigo número uno de AMLO es algo en apariencia tan intangible como la maldad de los espíritus. Estamos hablando de la famosa Cuarta Transformación y de la Revolución de las Conciencias. ¿Es posible que la solución a nuestros problemas políticos sea de índole moral? En 2011 AMLO puso en circulación una frase que levantó ámpulas: “la República amorosa”. Esta frase liga dos órdenes de existencia que creemos separados y hasta distantes: la administración pública y las prácticas amorosas. ¿Qué significa hacer del amor una “cosa pública”?

En 1916, en medio del fragor de los caballos, las balas y los cañones, el filósofo mexicano Antonio Caso (1888-1946) alzó la voz para proponer una ética de la paz y el amor radicales que fuese el norte político del México por venir (La existencia como economía y como caridad). La Revolución mexicana no debía ser un cambio de gabinete, sino una revolución íntima y cordial, es decir, una revolución de las conciencias, un cambio profundo de mentalidad, el nacimiento de un nuevo hombre mexicano.

La vida es lucha por la sobrevivencia, actos interesados de nutrición y reproducción, el mínimo de esfuerzo por el máximo de provecho. ¿Hay sitio para una acción que no sea egoísta? En un país sembrado de muerte, egoísmo y discordia, ¿llegará el día en que los mexicanos nos amemos? Somos de plomo, cargamos con el lastre de nuestras necesidades biológicas, estamos anclados a nuestras circunstancias irremediablemente materiales y económicas, pero también contamos con las alas de nuestros valores, nuestros ideales, nuestros sentimientos estéticos. Participamos de la naturaleza rastrera de la serpiente y de la naturaleza trascendente del águila. La República del amor exige sujetos con la capacidad de amar, es decir, sujetos fundamentalmente distintos a los que estamos acostumbrados.

Es posible que los revolucionarios de 1916 hayan escuchado con recelo y hasta con burla las palabras de Antonio Caso –quien predicaba desde la tranquilidad de su tarima, con su cabellera impecable y sin el hedor de la sangre bajo la nariz–, pero es también posible que los adeptos del maderismo hayan visto en esta filosofía del amor una arenga a redoblar los esfuerzos en pos de la democracia, pues un sistema democrático es –lo era para Antonio Caso– algo más que una liturgia electorera o un mecanismo de rotación periódica de monarcas: la democracia es una forma continuada de convivencia que implica mirar más allá de uno mismo y abrirse al diálogo para lograr eventualmente el consenso (aun a riesgo de nunca alcanzarlo, que es a menudo lo más saludable y respetuoso).

A este ideal Antonio Caso le reconocía límites: la democracia debía ser el medio para la realización de los valores supremos de la cultura y de la felicidad de la persona humana, no un fin absoluto e irrebasable.

Los mexicanos recibiremos este 20 de noviembre con júbilo y con esperanza. La gesta de 1910 ha dejado de ser un recuerdo escolar y polvoso, un espectáculo televisivo de escasa significación, para convertirse, por obra de AMLO y de MORENA, en el antecedente de la Cuarta Transformación. Los festejos por la Revolución apuntarán, no tanto al pasado remoto, como a un futuro inminente. Las ascuas del maderismo –su revolución de las conciencias, su ideal democrático profundo– hacen amagos de reencenderse. Está surgiendo una nueva narrativa histórica que exige de los mexicanos un esfuerzo creativo –emotivo– de reapropiación: es un esfuerzo contra la apatía y la desmemoria que hoy campean entre nosotros.

Juntos haremos historia significa tal vez, y antes que nada, juntos reescribiremos la historia.

Filósofo y escritor  Autor de “La revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI” (Ariel, 2018) @Jmcuellarm

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